[Intro]
[El acordeón convierte las tres notas en un giro lento de seis por ocho.]

[Verse 1]
Yo vi los domingos llegar con zapatos,
camisas planchadas y niños manchados
de azúcar, de prisa, de risa y maní,
peleando por ver quién se sentaba aquí.
La madre guardaba monedas contadas,
el padre dormía tras doce jornadas.
Pero al apagarse la luz del salón,
los cuatro cabían en la misma canción.

[Chorus]
El barrio venía a soñar,
a cruzar una selva, a volver del mar.
El barrio venía a soñar,
dos horas sin jefe, sin deuda ni bar.
No era la pantalla lo único real:
era estar todos juntos mirando el mismo final.

[Verse 2]
Llegaron obreros con grasa en la ropa,
muchachas que hacían durar una copa.
Soldados sin rango, maestras de pie,
novios que juraban quererse después.
La última fila sabía guardar
las manos que apenas se atrevían a hablar.
Y cuando algún beso vencía el temor,
crujía una silla, cómplice del amor.

[Chorus]
El barrio venía a soñar,
a cruzar una selva, a volver del mar.
El barrio venía a soñar,
dos horas sin jefe, sin deuda ni bar.
No era la pantalla lo único real:
era estar todos juntos mirando el mismo final.

[Verse 3]
Hubo matinés con payasos de harina,
globos atados junto a la cabina.
Hubo una tormenta, se fue la tensión,
y cien voces hicieron su propia función.
Un niño narraba lo que iba a pasar,
otro inventaba dragones del mar.
Nadie pidió entonces dinero al salir,
bastaba haber visto a la sala latir.

[Interlude]
[Las cuerdas sostienen una melodía sencilla mientras el acordeón imita voces entrando desde la calle.]

[Bridge]
Ahora cada historia conoce un perfil,
una clave, una cuenta, un nombre infantil.
Yo fui más que ladrillo, madera y telón:
un techo prestado para imaginar.

[Final Chorus]
El barrio venía a soñar,
con pan en el bolso y cansancio al andar.
El barrio venía a soñar,
sin pedir permiso para imaginar.
No era la pantalla lo único real:
era un pueblo aprendiendo a mirarse sin hablar.

[Outro]
[Un pequeño grupo tararea sin palabras; el acordeón cierra con las tres notas.]
